Ladrón de sandías
Aser levantó la mirada cuando escuchó un golpe en la ventana. Su madre estaba afuera, haciéndole señas para que la acompañara. Él presionó el botón de pausa para su videojuego y corrió al patio trasero.
Su madre estaba de pie detrás del garaje, mirando al piso.
—Aquí hay algo que quiero que veas —dijo, apuntando hacia abajo—. Mira esas plantas —allí, casi escondidas por el pasto, Aser vio un conjunto de enredaderas verdes—. Esas son plantas de sandía —explicó mamá—. Lo gracioso es que yo nunca sembré ninguna sandía.
—Quizá las plantaron accidentalmente —opinó Aser—. Quizá una ardilla tiró algunas semillas aquí.
—¿Tú crees? —preguntó mamá, levantando una ceja—. Estaba pensando en otra cosa. ¿Recuerdas cuando alguien robó una sandía del huerto del señor García el verano pasado? Todo el vecindario estaba hablando de eso. Él estaba planeando llevar esa sandía a un concurso.
—Sí —afirmó Aser con incomodidad—. Era grande y redonda, como una pelota de baloncesto, ¿verdad?
—Parece que recuerdas muchos más detalles que yo —señaló su madre—. No recuerdo cuán grande era, pero me preguntaba si quizá la persona que la robó vino acá, la comió y después enterró las cáscaras y las semillas para que nadie se entere.
—Eh… ah… sí, supongo que eso pudo haber pasado —declaró Aser en voz baja. Su cara estaba muy roja.
Su madre lo miró de cerca.
—¿Hay algo que quieras contarme? —Aser se rehusó a mirarla a los ojos—. Fuiste tú, ¿verdad, hijo? —le preguntó mamá con delicadeza—. El verano pasado tenía esa duda por la forma que reaccionaste en ese tiempo.
—Yo… yo… Gerson y yo lo hicimos —confesó finalmente Aser, a punto de llorar—. Cuando enterramos todo, creí que ese sería el final de todo. ¡No sabía que esas plantitas verdes iban a brotar para delatarme!
—Muchas veces el pecado reaparece para delatarnos cuando tratamos de esconderlo —expresó mamá—. La buena noticia es que, sin importar cuánto hayas tratado de esconderlo, siempre puedes confesarlo a Jesús y Él te perdonará —la madre secó una lágrima en la mejilla de Aser—. Te acompaño a la casa del señor García para que puedas decirle lo hiciste y pedirle también que te perdone.
Harry C. Trover
NO PUEDES ESCONDER EL PECADO
VERSÍCULO CLAVE: Salmo 69:5
DIOS MÍO, TÚ SABES LAS LOCURAS QUE HE COMETIDO, NO PUEDO ESCONDERTE MIS PECADOS.
Cuando haces algo malo, ¿tratas de esconderlo? Es probable que puedas evitar que tus padres, maestros o amigos sepan lo que pasó, pero no puedes esconder nada de Dios. En lugar de tratar de mantener en secreto el pecado, confiesa lo que hiciste a Jesús y pídele que te perdone. Después pide también perdón a cualquier persona que hayas herido.
