Caminando a casa
Octavio miró al frágil hombre en la cama. «Mi abuelito se está poniendo tan débil», pensó. «Sé que morirá pronto».
—¿Tienes miedo, abuelito? —preguntó.
—No, hijo —el abuelo sonrió al estirar su brazo para tomar la mano de su nieto—. No tengo miedo de morir. Jesús está conmigo. Iré a casa, para estar con Él.
Octavio asintió, pero pensó que él sí tendría miedo de todos modos. Después de todo, ¡no podía ver a Jesús!
Esa tarde, el niño recibió un mensaje de texto de su amigo Quino.
—¿Quieres venir a mi casa un rato? —le preguntó Quito—. Mi mamá dice que te puedes quedar a cenar.
Después de pedirle permiso a su mamá, Octavio caminó cruzando el parque para llegar a la casa de su amigo.
Unas horas más tarde, los niños habían terminado un juego cuando Octavio subió la mirada y vio por la ventana.
—¡Está muy oscuro! —exclamó, levantándose de un brinco—. ¡Me tengo que ir!
Cuando Octavio empezó a caminar a través del parque, a duras penas podía distinguir el camino. La luna estaba escondida detrás de las nubes y formaba unas sombras raras en el pasto. De los árboles venían ruidos extraños en los extremos del parque. El corazón de Octavio latía a mil por hora y sus rodillas se sentían débiles. «No seas un bebé», se dijo a sí mismo. «Las sombras no pueden hacer daño a nadie».
—¿Octavio? —dijo una voz en la oscuridad.
Por un segundo el corazón del niño casi se detuvo, pero después reconoció la voz conocida.
—¡Papá! ¡Qué feliz estoy de verte! —declaró Octavio con una voz temblorosa—. O al menos estoy feliz de oírte. Está tan oscuro, casi no puedo ver nada.
—Lo sé. Vine a caminar a casa contigo —aseguró su padre—. Me imaginé que necesitabas alguien que te acompañara a cruzar este oscuro parque.
Con papá a su lado, Octavio sintió que las sombras eran amigables y los ruidos dejaron de darle miedo.
Cuando llegaron a casa, Octavio fue a la habitación de su abuelo para contarle su experiencia.
—Una vez que supe que mi papá estaba ahí, dejé de tener miedo —comentó el niño—, a pesar de que no podía verlo. Era casi como si pudiera sentirlo ahí conmigo —él dudó—. ¿Es parecido a cómo no tienes miedo de morir?
—Exactamente —aseguró el abuelo—. La muerte es como una sombra oscura y, a pesar de que no puedo ver a Jesús, sé que Él está ahí. Siento Su presencia y, con el Señor a mi lado, no hay nada de qué tener miedo.
Octavio asintió. Ahora empezaba a entender.
Barbara J. Westberg
LOS CRISTIANOS NO DEBEN TEMER A LA MUERTE
VERSÍCULO CLAVE: Salmo 23:4
AUNQUE PASE POR EL VALLE DE SOMBRA DE MUERTE, NO TEMERÉ MAL ALGUNO, PORQUE TÚ ESTÁS CONMIGO.
¿Conoces a alguien que esté muriendo? ¿Tienes miedo de morir? Para un cristiano, la muerte es como una sombra. Como dice el Salmo 23, no debes tener miedo de la muerte cuando Jesús está contigo. De hecho, el último versículo de ese Salmo dice qué pasará contigo si conoces a Jesús como tu Salvador. Dice que «morarás en la casa del Señor por largos días». Jesús promete que caminará contigo en cualquier situación, incluso la muerte, y te llevará a casa, al cielo, con Él.
